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domingo, 16 de junio de 2013

Libro de artista II


  



Hoy actualizo con mi participación dentro del libro de Reclamaciones que realizámos en la asignatura de Diseño editorial del máster de Producción artística, en la UPV.
El libro está en exposición en la biblioteca de la facultad de BBAA de San Carlos todo este mes, hasta el 11 de Julio y estuvo presente en la feria del libro de artista de Barcelona, Arts Libris, en el stand de la facultad.
Realizado con xilografía y tipografía móvil.
Una tirada total de 30 ejemplares numerados.

Mi particpación en el libro, de temática reclamaciones, trata sobre las injusticias del amor.
¡Reclamo!



lunes, 9 de febrero de 2009

Cuentos de pasillo

Si no hay personaje humano, no hay narración, no hay acontecimiento.
Sin embargo en aquel estrecho pasillo, en el que se había olvidado una ventana abierta, entró una rafaga de aire, y en ella un pequeño pamfleto propagandístico arrastrado. Se deslizó por debajo de los estantes agrupados en orden y alineados, delante de cada ventana. Allí debajo de ellos, el papel empujo una pequeña pelusita acumulada de años y años, que infligiendo resistencia, cedió a moverse y terminar en medio del pasillo, ondulando en círculos y de un lado a otro por culpa del viento, que insistia en entrara en aquel desierto rincón de manera pausada y rítmica.
Los pocos muebles y estantes, en antaño verdosos, chirriaban y expresaban su frustación al no haber recibido su merecida jubilación. Uno de ellos cedió a la resistencia de su portezuela y dejó caer las tazas de porcelana al suelo, rompiéndose estan en mil añicos, y atrapando a la pobre pelusita entre sus trozos, dejándola sin movilidad.
La puerta se abria y cerraba al compás del viento y la ventana, marcando una suave melodia, inexistente para nadie, al igual que todos estos pequeños sucesos, pues no abría nadie por allí cerca para haberlos apreciado nunca, de tal modo, que nunca llegarían a ocurrir a ojos de nadie.

viernes, 2 de enero de 2009

El hombre que viaja

Y nunca mejor dicho, pues estaba realmente cansado después de nueve horas de viaje.
Nueve horas a pie. Casi todo el tiempo de un día que una persona cualquiera no dedica a dormir.
Nueve horas, con sus respectivas paradas para comer, descansar no más de diez minutos y ... esas pequeñas cosas que nos provocan el nacimiento de una sonrisa de extremo a extremo de la boca.
Y justo después de esas nueve horas de viaje no podía nada más que pensar en lo orgulloso que se sentiría su amigo de Francia, de quien estaba situado justo delante de la puerta de su casa, y en todas las anécdotas que le contaría de ese año en el que no se habían visto.
No podía por más que pensar en el inquietante y nuevo viaje, que emprenderían de inmediato, o al día siguiente, pues no había nada más excitante, para su amigo de Francia, que viajar.
Y no pudo contenerse más, y llamó al timbre.
Deseaba verle de nuevo, después de casi un año.
Deseaba ver la cara que el pondría cuando le contase que había recorrido casi medio mundo solo para que ambos pudieran emprender un nuevo viaje juntos.
Deseaba, ya de una vez, ver su expresión, cuando le alagáse su largo viaje, con tan solo una mochila al hombro.
Deseaba... y el abrir de la puerta, blanca y de madera, interrumpió sus maravillosas dibagaciones, sobre todas esas marcas en forma de X, que de inmediato comenzarían a trazar juntos, sobre un mapa, en todos los países que les daría tiempo de visitar en un solo verano.
“Esta es mi dirección- le dijo el francés, en el último día de todo un curso académico que compartieron juntos- esperaré que vengas a visitarme, ¡cuando sea! ¡Te estaré esperando, y empezaremos un viaje hacia el más infinito rincón que pueda quedar en este mundo!”
Su amigo ya había estado en medio mundo, y nada podría ser más excitante que emprender algún viaje con él.
Así pues, no era de extrañar que cuando nuestro viajero llegara a casa de su amigo, este no estuviera ya allí.
Sus padres, le hicieron pasar al salón, un salón decorado con miles de fotografías de su hijo, que nada que envidiar tenían a un manual de viajes. Parecian ordenadas alfabeticamente por el nombre de los paises donde se encontraba, y había tantas que con ellas se podría haber ilustrado una biblia.
Sentado en un blanco y mullido sofá, escuchando el crujir de los pasos de sus anfitriones, el cansancio que sentia era solo, en ese instante igualable a su decepcion.
Debía haberlo imaginado.
Debía haberlo previsto. Pero muy obcecado en que fuera una sorpresa no había ni concertado una cita con su amigo, y ahora este se hallaba, a millas, a kilometros de su casa, viajando, escalando una nevada montaña, en busca de algo nuevo, de un nuevo lugar, un nuevo espacio que conquistar, muy a su manera.
Podía imaginarle, con unas gruesas botas marrones, de paralelo a su pelo, con unas oscuras gafas puestas siempre por debajo de la capucha, escalando, con ayuda de un baston, y una gran mochila a sus espaldas, una interminable cuesta arriba, hacia un congelado paradero, o quizás más allá incluso, hasta la cima, donde miraría incansablemente, con su sonrida de satisfacción y sus coloradas mejillas heladas, hacia arriba, a su inminente nuevo destino. Más allá de la tierra, más allá del cielo. Más allá de todo lugar ya visitado bajo sus pies.

Y pudo así recordar, en un frío día de invierno, una conversación mantenida de camino allí donde ambos vivian, por un año, por un simple año.
De tantos lugares ya visitados, y pareciendo que esta era la razon de su vida, si algún día llegase a ver toda el mundo, a visitar toda la tierra, a estar presente por sí mismo en cada rincón del planeta, si eso algún día llegase a ocurrir, ¿qué le quedaría entonces? ¿cúal sería su ilusión, su esperanza?
“El espacio”

Y no creía que de grande que era, en todo el espacio pudiera caber su desilusión.
¿Regresar a casa? ¿Quedarse en Francia unos días? ¿Emprender un viaje en solitario, o quizás con algún ocasional acompañante que surgiria durante el camino?
Le fue ofrecido quedarse un par de días en la casa de su amigo, por si en ese tiempo él volviera, ya que durante sus viajes, o su tiempo de libertad, el chico nunca llevaba nada encima que pudiera acortar o perturbar su felicidad en esto hallada, y era prácticamente imposible comunicarse con él, ya que de igual modo que emprendía un viaje, podía comenzar uno de nuevo, sin haber apenas terminado este primero, y sin siquiera volver a casa.
Pero él, no iba a volver.
No volvió en dos días, no volvió en dos semanas, no volvió en dos meses, ni volvió en dos años.
Su amigo al poco se marchó, de vuelta a su país,a su casa, dejándole escrito una nota con su dirección para encontrarse de nuevo, algún día, pues todavía quedaba mucho tiempo por delante.
Lo único que uno tiene en la vida es tiempo. Y más que nadie, nuestro francés viajero, quien iba a permanecer gran tiempo, todo su tiempo, en la montaña que eligió como último destino, y quizás tan poco intencionado como el laúd de nieve que ahora le sepultaba, y congelado y muerto, le guardaría ahí por todo el tiempo de la eternidad.
Quizás esto significó el final de sus viajes, pero no el final de su vida, pues como por todo viajero del mundo es sabido, existen dos tipo de vidas, y una de ellas reside en la memoria y la esperanza de todos aquellas personas, que aún cuando te marchas piensan en tí.
De este igual modo, por muchos años, iban a seguir pensando que, él seguia viajando, sin necesidad de pasar por el hogar, y es que no había hogar más cálido que el mundo entero para este viajero. Viajar y viajar, y esto no era falso en absoluto, pues aún cuando pasaron los años y poco a poco su memoria se fue borrando de las gentes que en algún otro tiempo o en algún otro de sus viajes le conocieron; él, aun solo para ellos, seguía viajando, explorando, viviendo...
Y esto no iba a dejar de ser cierto mientras ellos pensaran en él, todavía con una sonrisa en la boca.



Escrito hace mas o menos un año, en una siuación parecida a la que ahora estoy viviendo.
El hombre que viaja escrito y creado integramente por Alicia Roig.